DEDICADO A CHELO : Ella me propuso tema.

luna-noche

Se acababa el verano y por lo tanto las vacaciones. Para Laura era un tiempo difícil, tendría que volver al colegio y por lo tanto a la capital, al piso de la Avenida Roma, y lo que era realmente grave, dejar la casa del pueblo, a su abuela, a sus amigos, a sus aventuras en el río… a las oscuridades. Porque las oscuridades en el campo eran lo más bonito que una podía vivir en las calurosas noches de agosto cuando la familia y los amigos iban a la plana cercana y buscando un buen sitio debajo de los pinos, plantaban mesa y sillas y pasaban horas enteras jugando a las cartas, los mayores, y corriendo a encontrar duendes, pájaros o grillos, los pequeños. Y eso nunca se podía hacer en la gran ciudad.

Laura contaba con la fuerza y energía de sus primos Fernando y Alberto, pues ella, la pequeña, con sus delgaditos nueve años no podía apartar los matorrales o levantar aquellas enormes piedras de la ribera buscando dragones dormidos. Solo alumbraba la luna llena en aquellas incursiones a la oscuridad, por eso, cuando las nubes tapaban su brillo un escalofrío de incertidumbre recorría los cuerpos de los niños. ¿Y si todas la fábulas de la abuela no eran mentiras? ¿Y si los duendes no permitían acercarse a desconocidos a sus territorios? En la oscuridad total, con apenas unos reflejos del agua cercana, los niños callaban escuchando. En susurros se informaban de los miedos del otro, de sus emociones. Y así hasta que la nube pasaba y con un nuevo juego, se escabullían detrás de los matorrales. Desde siempre creía Laura que esa vida de libertad veraniega era el recreo del año, que era parte integral del acontecer y por lo tanto, sin cambios, iría creciendo con su edad. Pero hubo un aviso tremendo. Este año quizás fuera el último que pudieran pasar en el pueblo. Los mayores siempre hablan de cosas que no se entienden, pensó la niña, lo cierto que al despedirse aquel sábado mientras entraban a los coches llenos de maletas y emprendían viaje, cada uno a su destino, los papás, más serios que de costumbre, cerraron las puertas con rapidez y emprendieron diáspora urgente. Había muerto alguien, sucesos políticos importantes que cambiaban muchas cosas…

Tiempo después Laura buscaba otros rincones. Rincones oscuros donde imaginar recreos y conoció amigos nuevos que le enseñaron juegos conjuntos, ahora sí, con emociones intensas sin tener que mover pesadas piedras. Se enamoró un verano cualquiera haciendo natación en el deportivo del ayuntamiento. Y los duendes no la empujaron de sus dominios. Siendo feliz con una felicidad nueva, empezó un nuevo curso, pensando que la vida era estupenda, que lo que tenía por delante era la verdadera aventura y se le borraron los lejanos recuerdos infantiles.

Pasaron años y la rutina se impuso, y las oscuridades de Laura se hicieron negras y profundas: Se irritaba intensamente con su pareja, con su trabajo… Poco a poco no permitió que se apagaran las luces eléctricas, que se hiciera el silencio. La televisión no paraba. Nunca le gustó cocinar y los lloros infantiles la superaban: lágrimas negras y oscuras inundaron su ánimo. No había recreo ni juegos, los duendes dormían y nadie la ayudaba a levantar las pesadas piedras que iban cayendo en su casa.

Su experiencia en casi todo, después de cumplir los cincuenta, rompió la ilusión por descubrir. Se aburría pues ya tenía el viaje visto y hecho. Las reacciones humanas y los paisajes, los duelos o alegrías ajenas eran un fastidio repetido y le empezó a doler la espalda. Una mano se le encasquilló. No veía claro y se operó de cataratas.

La vejez apuntaba oscura, sin brillo alguno que motivase a correr detrás de las matas. Estaba sola, con una imaginación que tenía que censurar una y otra vez por impulsarla a comienzos desordenados, con unas piernas indolentes y con una familia lejana.

La oscuridad tomo cuerpo, fue personaje principal, negra, mate, pegajosa.

Una sonrisa  de amanecer repentina y bulliciosa,  se reflejó, encendiendo su alma. Los recuerdos la consolaron. Tenía montones de cosas que contar. Mejor que su abuela en el campo, recapacitó, pues ella era protagonista de un ciclo que finalizaba.

Y así empezó con luz clara, a entrar en sus propias cuevas, a limpiarlas pues enfocándolas podría compartirlas. Los duendes, atentos, aceptaron el trato y fueron pasando los años… Inventando y recordando.

Muchos años.

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